sábado, 8 de enero de 2011

Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.


Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.

Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.



Que palabra tan repetida y tan bastardeada. AMOR.
Que lejos se encuentra el mundo de lo que La Biblia entiende por amor.
Hoy día la gente dice “te amo” luego de haberse conocido unos minutos, cuando en el mejor de los casos le habrá parecido interesante pero no puede ser que sea amor lo que siente.
Se habla de hacer el amor cuando en realidad lo único que habrá será una relación sexual, los artistas dicen amar a sus seguidores, y así podríamos seguir con una larga lista de usos para una palabra que en el contexto bíblico adquiere un significado impresionante, porque leyendo y releyendo el texto concluimos que no importa lo que hagamos, cualquier cosa maravillosa, cualquier portento sobrenatural, cualquier actitud como volvernos pobres dando todo nuestro patrimonio no será bien visto por el Señor si lo hemos hecho sin Amor.
Y aquí todo se transforma, porque entonces, poniendo en contexto, lo anterior todo tendrá validez si lo hicimos con Amor, cada pequeño acto de nuestras vidas puede ser más importante que la mayor de las profecías o el mayor descubrimiento de la ciencia si lo hemos hecho por amor. Reflexionemos un segundo en esto que no tiene desperdicio, fallecen dos personas al mismo tiempo, la una ha descubierto una vacuna que cura el cáncer y la otra era un humilde recolector de residuos, y Dios increíblemente para el pensamiento humano pone en primer lugar a este y deja de lado a aquél y cuando se lo preguntemos porque lo ha hecho si este sólo recogía la basura y el otro ha hecho un gran bien para la humanidad nos sorprenderá respondiendo que este mientras juntaba la basura lo hacía dando gracias a Dios por tener trabajo, con alegría, amando ese trabajo que le daba de comer y aquél que descubrió la vacuna sólo pensaba en el dinero y en su gloria personal, no en el bien que hacía a la humanidad con su descubrimiento.



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